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EL VALS

Eres hermosa como la piedra, oh difunta; Oh viva, oh viva, eres dichosa como la nave. Esta orquesta que agita mis cuidados como una negligencia, como un elegante bendecir de buen tono, ignora el vello de los pubis, ignora la risa que sale del esternón como una gran batuta. Unas olas de afrecho, un poco de serrín en los ojos, o si acaso en las sienes, o acaso adornando las cabelleras; unas faldas largas hechas de colas de cocodrilos; unas lenguas o unas sonrisas hechas con caparazones de cangrejos. Todo lo que está suficientemente visto no puede sorprender a nadie. Las damas aguardan su momento sentadas sobre una lágrima, disimulando la humedad a fuerza de abanico insistente. Y los caballeros abandonados de sus traseros quieren atraer todas las miradas a la fuerza hacia sus bigotes. Pero el vals ha llegado. Es una playa sin ondas, es un entrechocar de conchas, de tacones, de espumas o de dentaduras postizas. Es todo lo revuelto que arriba. Pechos exuberantes en bandeja en los brazos, dulces tartas caídas sobre los hombros llorosos, una languidez que revierte, un beso sorprendido en el instante que se hacía «cabello de ángel», un dulce «sí» de cristal pintado de verde. Un polvillo de azúcar sobre las frentes da una blancura cándida a las palabras limadas, y las manos se acortan más redondeadas que nunca, mientras fruncen los vestidos hechos de esparto querido. Las cabezas son nubes, la música es una larga goma, las colas de plomo casi vuelan, y el estrépito se ha convertido en los corazones en oleadas de sangre, en un licor, si blanco, que sabe a memoria o a cita. Adiós, adiós, esmeralda, amatista o misterio; adiós, como una bola enorme ha llegado el instante, el preciso momento de la desnudez cabeza abajo, cuando los vellos van a pinchar los labios obscenos que saben. Es el instante, el momento de decir la palabra que estalla, el momento en que los vestidos se convertirán en aves, las ventanas en gritos, las luces en ¡socorro! y ese beso que estaba (en el rincón) entre dos bocas se convertirá en una espina que dispensará la muerte diciendo: Yo os amo.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'El vals', Vicente Aleixandre despliega una visión surrealista y descarnada de la alta sociedad, subvirtiendo la elegancia convencional a través de una imaginería grotesca y perturbadora. El poema se estructura como una crítica a la vacuidad aristocrática, donde los elementos del baile se descomponen en símbolos de decrepitud, artificio y muerte. La transición del vals como danza refinada hacia un caos visceral revela la obsesión del autor por la dualidad entre la belleza aparente y la podredumbre interna. Aleixandre utiliza un lenguaje que fusiona lo sofisticado con lo material, lo biológico y lo inanimado; las faldas de cocodrilo y los dientes postizos actúan como espejos de una humanidad que ha perdido su esencia. La emoción que prevalece no es la del júbilo, sino una suerte de náusea existencial, un despliegue de decadencia donde el amor se transmuta, al final, en una espina mortal. Es un poema sobre el colapso de las apariencias, donde la música y el movimiento se transforman en una revelación final de la desnudez, el instinto y la finitud ineludible que subyace a todo protocolo social.

🏛️Contexto Histórico

El poema se incluye en 'La destrucción o el amor' (1935), obra fundamental de la Generación del 27. Este poemario marca el cenit de la etapa surrealista de Aleixandre, influida por el deseo de romper con las estructuras métricas y temáticas tradicionales de la posguerra incipiente. El autor utiliza este estilo para proyectar una rebeldía contra la hipocresía burguesa, utilizando el automatismo psíquico como vía para explorar los impulsos humanos más oscuros y primordiales en una España pre-guerra civil.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema destaca por el uso intensivo de la metáfora surrealista y la sinestesia (ej. 'música es una larga goma'). Utiliza hipérboles y el recurso de la enumeración caótica para desnaturalizar objetos cotidianos. La métrica es fundamentalmente de verso libre, sin una rima fija, lo que subraya el carácter disruptivo del contenido. Predominan las comparaciones audaces, como 'hermosa como la piedra', que contrastan la vitalidad con lo inerte, mientras que la repetición anafórica del 'adiós' actúa como una estructura de cierre que precipita el desenlace trágico.

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