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LA DICHA

No. ¡Basta! Basta siempre. Escapad, escapad: sólo quiero, sólo quiero tu muerte cotidiana. El busto erguido, la terrible columna. el cuello febricente, la convocación de los robles; las manos que son piedra, la luna de piedra sorda y el vientre que es sol, el único extinto sol. ¡Hierba seas! Hierba reseca, apretadas raíces, follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven porque la tierra no puede ni ser grata a los labios, a esos que fueron ?sí? caracoles de lo húmedo. Matarte a ti, pie inmenso, yeso escupido pie masticado días y días cuando los ojos sueñan, cuando hacen un paisaje azul cándido y nuevo donde una niña entera se baña sin espuma. Matarte a ti, cuajarón redondo, forma o montículo, materia vil, vomitadura o escarnio, palabra que pendiente de unos labios morados ha colgado en la muerte putrefacta o el beso. No. ¡No! Tenerte aquí corazón que latiste entre mis dientes larguísimos, en mis dientes o clavos amorosos o dardos, o temblor de tu carne cuando yacía inerte como el vivaz lagarto que se besa y se besa. Tu mentira catarata de números, catarata de manos de mujer con sortijas, catarata de dijes donde pelos se guardan, donde ópalos u ojos están en terciopelos, donde las mismas uñas se guardan con encajes. Muere, muere como el clamor de la tierra estéril, como la tortuga machacada por un pie desnudo, pie herido cuya sangre, sangre fresca y novísima, quiere correr y ser como un río naciente. Canto el cielo feliz, el azul que despunta, canto la dicha de amar dulces criaturas, de amar a lo que nace bajo las piedras limpias, agua, flor, hoja, sed, lámina, río o viento, amorosa presencia de un día que sé existe.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'La dicha', Vicente Aleixandre despliega una dialéctica violenta entre la destrucción de la materia y la celebración de la vitalidad natural. El poema se articula como un exorcismo lírico: el yo poético exige la aniquilación de una presencia física y opresiva, descrita mediante imágenes de una crudeza casi quirúrgica, que simbolizan el hastío de lo estático y la decadencia de la carne. La 'muerte cotidiana' no es solo un fin, sino una purga necesaria para trascender el peso de la forma y la corrupción de los sentidos. El poema transita desde un expresionismo visceral, donde la anatomía se convierte en piedra, yeso o materia vil, hacia una resolución luminosa. En la estrofa final, el tono cambia drásticamente: el imperativo destructivo se convierte en un himno a la inmanencia. La naturaleza se revela como el verdadero espacio de la plenitud, donde el amor se despoja de su carga conflictiva para integrarse en los elementos primordiales: el agua, la flor y el viento. Es, en esencia, una meditación sobre la liberación del espíritu a través del abandono de las ataduras de la posesión y el artificio, alcanzando una 'dicha' que es, ante todo, una reconciliación con el flujo incesante de la vida.

🏛️Contexto Histórico

El poema se enmarca en la etapa de madurez de Vicente Aleixandre, figura central de la Generación del 27 y Premio Nobel de Literatura. Su obra oscila entre la angustia existencial y una mística panteísta. En este periodo, el autor explora la tensión entre el individuo y la totalidad del cosmos, reflejando el trauma de la posguerra española y su constante indagación en el surrealismo, que en su pluma no es gratuito, sino un vehículo para explorar las profundidades biológicas y metafísicas de la condición humana.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema emplea un verso libre de ritmo irregular, característico del vanguardismo aleixandrino. Entre las figuras destacadas, predomina la metáfora deshumanizada (ej. 'manos que son piedra', 'vientre que es sol'), que despoja al cuerpo de su cualidad humana para convertirlo en elemento geológico o inerte. El uso de la anáfora ('Canto el cielo', 'canto la dicha') funciona como un recurso enfático para marcar el giro hacia la exaltación vitalista. Se observa también la hipérbole ('dientes larguísimos') y un marcado uso de la enumeración caótica para representar la acumulación asfixiante de objetos que el poeta desea rechazar, creando un contraste sensorial entre la aridez de la muerte y la frescura de los elementos naturales.

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