Este es un artista de paleta añeja
que usa una cachimba de color coñac
y habita una boharda de ventana vieja
donde un reloj viejo masculla: tic tac...
Tendido a la larga sobre un mueble inválido,
un bostezo larga, y otro, y otro: ¡tres!
¡Diablo de muchacho, pobre diablo escuálido,
pero con modorras de viejo burgués!
Cerca de él, cigarros fingen los pinceles,
sobre la paleta de extraño color:
sus últimos toques fueron dos claveles
para un cuadro sobre cuestiones de amor.
Cerca un lápiz negro de familia Faber
enristra la punta como un alfiler;
hay tufo a sudores y olor a cadáver,
hay tufo a modorras y olor a mujer.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma
en una cachimba de color coñac,
y mira unos cuadros repletos de bruma
sobre un hecho que hubo cerca del Rimac.
El pintor no lee. La lectura agobia,
y anteojos de bruma pone en la nariz;
Juan odia los libros, ve horrible a su novia,
y todas las cosas con máscara gris.
Su mal es el mismo de los vagabundos:
fatiga, neurosis, anemia moral,
sensaciones raras, sueños errabundos
que vagan en busca de un vago ideal.
Ni piensa, ni pinta, ni el humor ingenia.
¡Qué ha de pintar, si halla todo sin color!
Tiene hipocondría, tiene neurastenia,
y hace un gesto de asco si oye hablar de amor.
Mira un cuadro antiguo sin pensar en nada,
mira el techo, el humo, las flores, el mar,
una barca inglesa que ha tiempo está anclada
y unas acuarelas a medio empezar.
De un escritorillo sobre la cubierta
un ramo de rosas chorrea placer
y una obra moderna, rasgada y abierta,
muestra sus encantos como una mujer.
El pintor no lee. La lectura agobia:
Juan Valjean es bruto, necio Tartarín;
Juan odia los libros, ve horrible a su novia
y muere en silencio, de tedio, de esplín.
Sudores espesos empapan los oros
que el lacio cabello recoge del sol,
y se abren al beso del aire los poros
del rostro manchado con tintas de alcohol.
Y mientras el meollo puebla un chiste rancio,
que dicho con gracia fuera original,
una flor de moda muere de cansancio
sobre la solapa donde está el ojal.
Hay planchas que esperan el baño potásico;
un cuadro de otoño y una mancha gris,
una oleografía de un poeta clásico
con gestos de piedra y ojuelos de miss.
Juan Pereza fuma, Juan Pereza fuma
en una cachimba de color coñac,
y enfermo incurable de una larga bruma,
oye un reloj viejo que dice: tic tac...
Ni piensa ni pinta, ni el humor ingenia.
¡Qué ha de pintar si halla todo color gris!
Tiene hipocondría, tiene neurastenia
y anteojos de brumas sobre la nariz.
Así pasa el tiempo. Solo, solo el cuarto...
Solo Juan Pereza, sin hablar. ¿De qué?
Flojo y aburrido como un gran lagarto,
muerta la esperanza, difunta la fe.
La madre está lejos. A morir empieza,
allá donde el padre sirve un puesto ad hoc;
no le escribe nunca porque la pereza
le esconde la pluma, la tinta o el block.
Hace ya diez años que en el tren nocturno
y en un vagón de última dejó la ciudad;
iba un desertado recluta de turno
y una moza flaca de marchita edad.
Un gringo de gorra pensaba, pensaba...
Luego un cigarrillo... Y otro. ¿Fuma usted?
Luego un frasco cuyo líquido apuraba
para tanta pena, para tanta sed.
¡Tanta pena, tanta! Su llanto salobre
secaba una vieja de andrajoso ajuar;
iba un mercachifle y un ratero pobre
y una lamparilla que hacía llorar.
La vida... Sus penas. ¡Chocheces de antaño!
Se sufre, se sufre. ¿Por qué? ¡Porque sí!
Se sufre, se sufre... Y así pasa un año...
y otro año... ¡Qué diablo! la vida es así...
📖Reseña y Análisis Literario
En 'El pintor Pereza', Carlos Pezoa Véliz retrata con maestría el 'spleen' existencial y la desidia decadente de un artista incapaz de crear. A través de la figura de Juan Pereza, el autor explora temas profundos como la alienación, el hastío vital (tedio) y la parálisis creativa. El protagonista encarna al antihéroe bohemio que, consumido por la neurastenia y una anemia moral, observa el mundo a través de un velo de grisalla y humo de cachimba. Las emociones predominantes son la melancolía, el cinismo ante la vida intelectual y un profundo desapego emocional que se manifiesta incluso hacia su madre y su entorno. La inactividad no es solo física, sino espiritual; es una renuncia a la voluntad que convierte al artista en una entidad 'lagartija', estática y carente de esperanza. Pezoa Véliz logra capturar la decadencia del fin de siglo, donde el artista ya no busca la belleza ideal, sino que se hunde en un nihilismo donde incluso el amor y el arte son vistos con asco. El poema funciona como una metáfora de la desilusión humana: una existencia reducida al tic-tac monótono de un reloj, donde la única certidumbre es la espera pasiva de la nada, dejando al lector con una sensación de pesadez existencial y la tristeza de una vida que se consume sin dejar rastro de creación ni trascendencia.
🏛️Contexto Histórico
Carlos Pezoa Véliz (1879-1908) fue una figura central del modernismo chileno, aunque su obra se aleja del refinamiento preciosista para abrazar un realismo costumbrista y crudo. El poema se sitúa a finales del siglo XIX y principios del XX, una época marcada por el agotamiento del romanticismo y el surgimiento de una sensibilidad decadentista. El autor, marcado por la pobreza y el infortunio personal, refleja en este texto la angustia de una generación que veía desmoronarse los ideales frente a la dureza de la realidad social y la fragilidad de la salud mental del individuo.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema destaca por el uso recurrente de la anáfora y la repetición (ej. 'Juan Pereza fuma', 'ni piensa, ni pinta'), que acentúa el carácter monótono y circular de la vida del protagonista. Se emplea el hipérbaton para otorgar un tono nostálgico y una adjetivación cargada de simbolismo (ej. 'máscara gris', 'paleta añeja'). La personificación del reloj que 'masculla' refuerza la atmósfera opresiva. En cuanto a la métrica, se basa en serventesios y cuartetos de arte mayor (alejandrinos o versos de catorce sílabas en su mayoría), que otorgan un ritmo lento y pesado, similar al arrastrar de una vida sin propósito. La aliteración y la onomatopeya ('tic tac') cierran la estructura con un efecto de inevitabilidad temporal.