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Poema.es

La amante (I)

Un lento derramarse, un cielo en fuga, un crepúsculo muerto sobre el agua. Una raíz de sal que te sumerge en la hondura más negra de su grito. El agua viene y lame cada orilla con su lengua de cántico y caricia y amortigua la luz su llaga inmóvil para no herir la entraña de la tarde. Sobre cada colina deja un soplo detenido el arado de los besos. Las manos se persiguen, se acorralan, huyen por los rincones, vuelan, gritan o van a agonizar en tus cabellos. Tú miras y vacías tu mirada en el recodo oscuro más remoto. Y la llenas de nuevo con aromas de un país que recorres entre sueños. Miras y vas sembrando de tus ojos un territorio fértil y sangriento donde el rostro más frágil y furtivo se hace piedra y derrota en cada ausencia. Tu miras y te inventas lo que miras. Miras el sol y enciendes en la tarde un universo de luces moradas que derraman su vino en las pupilas. Tu miras y en el fondo de la noche nace la luz del alba sucesiva. Vuelve otra vez, espejo del pasado. Ábreme en las entrañas otra llaga más permanente y mucho más deseable que la herida que llora lo que pierdo. Pues si el reproche afila con su lengua la navaja fatal de los agravios, tú matas con la sola certidumbre de no volver a ver el rostro amado. Recorres un sendero y se disuelve la ternura en tus manos como arena deshecha en las entrañas del arroyo. Y en la quietud endulzas esta boca, hecha de espada y hiel, arena y odio, para lamer el tallo del deseo. Entonces amo el tacto de tus dedos, que no engaña jamás como las voces. Pueden mentirme todas las palabras. Mentir tu desazón y tu distancia; mentir también el vértigo cerrado de la pasión que encierra mis temores. Pero tus manos, no. Tus manos tiemblan. Como si fueran pétalos del agua acariciados por la brisa fría y estremecidos por su raudo beso. Ellas me aman más en su mutismo que tú con las palabras exaltadas. Tus manos, las raíces extendidas de diez morenos dedos en mi carne, hablan mejor en su silencio a gritos.