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La amante (III)

Sedienta de tus vértigos a gritos, del remolino mutuo que se bebe juntos la sed, el agua, la marea de la ebriedad... Dos cuerpos enlazados bebiéndose la vida a borbotones, saciando el agua, abriendo la frontera donde pueda la sed seguir viviendo. Más allá de la luz, yo te deseo cada vez más desnudo, más tú mismo. Despojado de antiguos atavíos, de cadenas pesadas como nombres, de grilletes de epítetos terribles, de absurdos conformismos, de secretas pasiones que sepultan su recuerdo, que se cambian de nombre o que disfrazan su rostro bajo símbolos oscuros. Así quiero mirarte, que me veas: Desnudo de verdad, de veras mío. Aunque sea un minuto, un día sólo, un instante sin tiempo ni distancias, cuando pueda alcanzar al fin tu boca y alzarme a la estatura de tu beso. Entonces no podrá la muerte entera vulnerar con su baba y su gusano la pura luz de este milagro intacto. Y voy a verte, entonces, como ahora, inédita belleza, labio puro, desafiando al destino desdichado con la fe en la ternura inquebrantable. Por ti comprendo ahora mi existencia. Tiene sentido haber buscado en vano por años, trenes, pájaros, distancias el relámpago oscuro del deseo brillando en tus pupilas como un astro. Cada recodo halló su rostro vivo para cobrar sentido entre tus manos: Suave concavidad, copa inefable que llenas con tu vino y que rebosa cuando me das la plenitud. Dormida torre de sangre alzada en mi homenaje y que en su suave miel se desparrama endulzando los labios que la besan. Subterránea raíz de los relámpagos. Tu labor inefable no descansa. Déjame que te beba con los ojos cuando manos y boca no me alcancen para abarcar tu cielo y tu hermosura. Pero no seas nunca más esquivo, ni entregues a mi boca vino amargo, ni sea tu pan hecho de ausencia y hambre.