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Ser ante los ojos (Al amanecer VII)

El ser y un oleaje que sube, desde las paredes de la vieja casa, que sube, hasta las aturdidas torres, sitio de vigías y adormilados hombres que imaginan la ciudad, la de los perros callejeros, la de los muertos, la de las calladas avenidas, la ciudad, la del circo y sus tartamudos payasos, la que calló para sobrevivir, la que fue muro contra el despojo; la ciudad, la de las puertas entreabiertas y los ojos acechantes, aquellos que hacían guardia para cuidar a sus hijos de la muerte; aquélla, de nuevas avenidas y héroes cansados, ataúd visceral, burla de los muchachos de la escuela; la ciudad, laberinto de puertas y objetos sin nombre, sin apellido, sin podredumbre, perdurable. La ciudad, puerta de cristal, espejo evanescente, escaparate de trapos viejos, hombres cansados, mujeres jóvenes, apetecibles, de jóvenes que rinden culto a las fisuras de la memoria. La ciudad, densa geografía del ser, claridad adivinada que dibuja a sus futuros hijos, los vivos y los muertos, los exitosos y los no tanto, los de la lápida barata, los que frustraron los sueños de promisión de los héroes cansados, ésos, los que derrotaron al sueño, al vuelo de la mariposa, los que interrogaron a Maximón, los que dejaron a la noche con pulmones de miedo, los que rompieron la puerta de vidrio, los que dejaron a las aldeas como un pan herido, hirviendo sus maldiciones. El ser y todo el yo congregado, en la llanura que parpadea su aurora. El ser y toda la llanura, boca insomne que abre sus enormes labios para narrar su penetrada inocencia; el ser y el niño, dual saliva que ejerce su oficio en las largas, largas membranas que humedecen amaneceres y confines espirales. El espejo y el niño hecho muchedumbre para conjeturar la fisonomía de los hombres y las mujeres. El niño, daga que atraviesa el verano y descubre sus entrañas, sus vísceras, su olvido, sus llamas, sus deseos, sus piernas, sus pechos, su boca, sus labios, sus miserias, sus... El ser, el niño y la alteridad, la de los habituales apodos, la del pez que finge su muerte, la de la sonrisa que transmuta en puerta, en zona franca para postular delirios y silenciados esplendores. La alteridad como repertorios recurrentes, infinitos ahogados en la desnudez de cuerpos, sumariamente fusilados o tirados al mar en costales que hoy nada más vuelven a tejer las novias o las madres, las del llanto quedito, las de los dedos viejos, las de nuestra fuerza terrenal. El hombre está satisfecho. Vio al niño y éste adivinó al hombre. Ambos se iluminaron con lo visto. Por fin emblematizan una verdad: abrieron la puerta de cristal y ésta fue una pesadilla dura, roca de agua, río de tiempo, agua de barro, lluvia al revés; caminan, ríen y se ven, en silencio se descubren: el niño y el hombre, unidos por el espejo. Una vez más ríen, mueca que destruye las decoraciones, ya no hay preguntas, pero tampoco respuestas, ¿qué importa? están afuera y adentro del espejo, son uno, son verdad, son mentira, son escoria, son lo que quieren ser o lo que pudieron ser, o lo que el charco de mierda los dejó ser, ¿qué importa ya? ¿qué importa?

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Ser ante los ojos', Gerardo Guinea Diez construye un tejido poético complejo que explora la identidad en relación con la ciudad, un espacio que funciona como protagonista, laberinto y testigo de la tragedia. La obra se sumerge en la memoria colectiva de una urbe marcada por el conflicto, la violencia y la desolación. El poema transita desde la descripción de una ciudad asediada por sus propios fantasmas, donde los muertos y los vivos coexisten en una 'densa geografía del ser', hasta una introspección filosófica sobre la condición humana. La presencia recurrente del 'niño' y el 'espejo' actúa como un catalizador para cuestionar la realidad, enfrentando al hombre con su propia historia y sus heridas. La voz poética destila una melancolía visceral que se transforma en resignación. Emocionalmente, el poema evoca un sentimiento de fatalismo, no obstante, encuentra una chispa de redención en el autodescubrimiento y la aceptación de las contradicciones. La ciudad no es solo un entorno físico, sino un 'ataúd visceral' donde la inocencia es penetrada por la brutalidad política y social. Al final, el encuentro entre el niño y el hombre ante el espejo disuelve las certezas, dejando al sujeto en un estado de libertad absoluta donde la distinción entre verdad y mentira, o entre ser y escoria, carece de relevancia frente a la crudeza de la existencia vivida.

🏛️Contexto Histórico

El poema se inscribe en la tradición de la literatura guatemalteca marcada por la posguerra. Guinea Diez escribe bajo la influencia de un país traumatizado por décadas de conflicto armado interno. Su obra refleja la desesperanza de una sociedad que intenta reconstruirse sobre los escombros de la violencia, la desaparición forzada y la memoria silenciada de las víctimas, capturando el desencanto ante las promesas fallidas de héroes y revoluciones.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El autor emplea un lenguaje cargado de simbolismo y recursos expresivos. Entre las figuras destacan: 1) Metáfora: La ciudad es caracterizada como 'ataúd visceral' o 'pan herido', subrayando su deterioro. 2) Personificación: Se otorga a la 'llanura' la capacidad de ser una 'boca insomne'. 3) Anáfora: El uso recurrente de frases como 'La ciudad' o 'El ser' crea un ritmo litúrgico y obsesivo. 4) Sinestesia: 'Claridad adivinada' y 'lluvia al revés'. 5) Enumeración: El poema utiliza largas listas de objetos y estados para enfatizar el caos urbano. En cuanto a la métrica, el autor opta por el verso libre, evitando rimas consonantes fijas para privilegiar el ritmo emocional y el tono reflexivo, acercándose a la prosa poética en varios segmentos.

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