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Quemadura de Luz

Hay un sueño mío que se me está yendo de las manos como gaviotas en el océano. Hay un adiós que remonta las montañas de tu mundo desvanecido en neblinas pintando el paisaje de una soledad inhabitada de una soledad que se quedó huésped permanente de mis patios y balcones           de mis fuentes y grutas. Una soledad habitante de los límites                     del torogoz y el cenzontle. ¿Por qué no fuí generosa con la luna para besarte mucho bajo su luz de aquélla noche? ¿Quién amarró mis manos para acariciar tus cabellos cuando tu cabeza se apoyó en mi cuello buscando el remanso de tus inquietudes? ¡Ah, niño de mirada triste en tus grandes ojos negros! ¡Qué fortuna daría por regresar a ese instante! Regresar para hacer morada en tu regazo. Regresar para que siembres tu semilla en mi tierra fértil y mineral y que haya clavicordios sonando en la iglesia temprana de una mañana interminable detrás del campanario y rebote su sonido en la plaza y las colinas. Regresar... al torogoz de la cañada y el zenzontle de las montañas... ¡Regresar... y sin embargo no me fui nunca! ¡Ah, dulce quemadura del Amor! Hoguera trepidante que devora mi bosque azul y umbrío carbones rojos y candentes que deshacen un calendario de preguntas y caminares del atardecer           caminares sin retorno fuego que soy y que el viento azota para alcanzarte y consumirte. Y es este dolor gozoso, lastimadura de luz penetrando sin tregua hasta mis huesos que se hace voz de cigarra entonando su canto hondo y triste en la perennidad de su llanto. ¡Ay Amor, Amor! ¡Por qué se detuvieron tus ojos en mis ojos! ¡Por qué se anclaron tus pupilas en un instante de eternidad!