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El niño en el espejo

Dura ha de ser la vida hasta el instante en que veles tu memoria en este espejo: tus labios fríos no tendrán ya refugio y en tus manos vacías abrazarás la muerte. J. L. Panero I I ¿A qué hora, en cuál de estos espejos, recuperar la imagen de aquel niño? No la imagen del niño que se peina para ir a la escuela, sino el otro que restriega los párpados y esparce los restos de otras caras contra un número. Mi corazón da pistas. Pero el vidrio, ¿me sabría orientar con vibraciones dirigidas al cuarto en que despierta? ¡O el niño, abandonados los reflejos deformes de su fiebre soñadora, espera, de esta forma, que le nombre? II Detrás de este silencio, otro silencio. Pero, ¿dónde detrás de «otro silencio»? ?«Y este gesto se graba? ¿De qué modo mi derecha está ahora en esa izquierda?» (Y seguirán fluyendo las palabras por la boca de un niño delirante, o, tal vez, esta voz, y luego el diálogo de los dos con la araña de costumbre: el reloj que nos resta y que nos suma hasta dar con la cifra del acuerdo.) III Te buscas en los charcos de una ciudad llovida en el recuerdo. Te miras, y no crees ni en el reflejo de tu cuerpo seco, ni en la ausencia del rostro de aquel niño. Aguardas a que llueva sobre estas mismas aguas estancadas para que tu mirada se superponga al rostro que fue tuyo; para que tus anhelos emerjan con la forma de otro tiempo, y, así, saber mañana qué quedará de aquello que has perdido. IV Estáis muertos/ ...Os digo, pues, que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte. C. Vallejo Aquí se mira un muerto, aquí se busca un niño, y ese niño eres tú. Pero, no, es mentira: el alcanfor preserva su recuerdo de tus zarpas ansiosas, y no hay llave que desvele un semblante que fue tuyo, porque nunca hubo máscara. Tú mismo te has vestido de tiempo contra ti. Querrás ver tu ataúd en el armario donde buscas tus huellas; sólo es un baúl invertido. No existe otra mortaja a tu medida que la de ese propósito; tus trajes no podrán ocultar tanto desnudo. Volverás al espejo en el que antaño se reflejó el que fuiste; sólo eso ?tu imagen inmediata y la certeza de que un niño la tuvo en otro tiempo? te hará cómplice suyo de la vida. Recitarás, entonces, esta estrofa para acabar con todas las doctrinas: «Yo soy ajeno a mi conocimiento, soy esa carne cruda que se exhibe ante su propia historia, soy el original, la muerte.» II I En trocitos de vidrios recibíamos luz para los juegos. Burlábamos, primero, la dirección del sol, luego los rostros de los ensimismados transeúntes, buscando el desconcierto. ¿El sol, el hombre? Pero fuimos nosotros los que, al final, burlamos nuestros cuerpos cuando al sol expusimos el deseo dormido hacia otros cuerpos. II Yo que sentí el horror de los espejos. J. L. Borges Del tedio por los ritos más banales, los espejos oblicuos nos iban rescatando con un vértigo hacia otra realidad insospechada. Una risa nerviosa negaba la patente del invento a los que nos creíamos calzados por las pequeñas cosas; y, a la puerta del mágico comercio, parecían más débiles las voces de las madres, más ágiles los pasos sobre un suelo que ya no se movía, mas los ojos miraban a las cosas con el miedo del que se gusta ajeno mas sospecha que puede ver su imagen deformada.