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CANTO I

Venimos de la noche y hacia la noche vamos. Atrás queda la tierra envuelta en sus vapores, donde vive el almendro, el niño y el leopardo. Atrás quedan los días, con lagos, nieves, renos, con volcanes adustos, con selvas hechizadas donde moran las sombras azules del espanto. Atrás quedan las tumbas al pie de los cipreses, solos en la tristeza de lejanas estrellas. Atrás quedan las glorias como antorchas que apagan ráfagas seculares. Atrás quedan las puertas quejándose en el viento. Atrás queda la angustia con espejos celestes. Atrás el tiempo queda como drama en el hombre: engendrador de vida, engendrador de muerte. El tiempo que levanta y desgasta columnas, y murmura en las olas milenarias del mar. Atrás queda la luz bañando las montañas, los parques de los niños y los blancos altares. Pero también la noche con ciudades dolientes, la noche cotidiana, la que no es noche aún, sino descanso breve que tiembla en las luciérnagas o pasa por las almas con golpes de agonía. La noche que desciende de nuevo hacia la luz, despertando las flores en valles taciturnos, refrescando el regazo del agua en las montañas, lanzando los caballos hacia azules riberas, mientras la eternidad, entre luces de oro, avanza silenciosa por prados siderales.

📖Reseña y Análisis Literario

El Canto I de Vicente Gerbasi constituye una meditación metafísica de gran calado sobre la condición finita del ser humano en su tránsito por la existencia. El poema establece una dialéctica fundamental entre la luz y la sombra, empleando el motivo del viaje existencial como eje vertebrador. La estructura se apoya en el uso reiterado de la anáfora 'Atrás queda', la cual funciona como un mecanismo de distanciamiento, permitiendo al hablante lírico desprenderse de las ataduras materiales, históricas y emocionales de la vida terrenal. Temas como la transitoriedad, la naturaleza cíclica del tiempo —visto tanto como creador como destructor— y la persistencia de la eternidad frente a lo efímero, se entrelazan con un tono elegíaco. Gerbasi logra capturar una cosmogonía donde la angustia humana, representada en 'ciudades dolientes', se reconcilia con la inmensidad del cosmos. La obra trasciende lo personal para alcanzar una dimensión universal, evocando una profunda introspección sobre la dialéctica entre la vida, la muerte y el devenir incesante. La serenidad con la que el autor describe el avance hacia la eternidad sugiere una aceptación estoica de la finitud, donde la noche y la luz no son antagónicas, sino parte de una misma pulsión vital que oscila entre el descanso y el despertar, el horror y la redención del entorno natural.

🏛️Contexto Histórico

Vicente Gerbasi (1913-1992) fue una figura central de la vanguardia venezolana, vinculado especialmente al grupo 'Viernes'. Su obra está profundamente influenciada por el surrealismo, aunque su voz se distingue por una lírica telúrica y metafísica. Este poema refleja la madurez de su pensamiento existencial, enmarcado en el siglo XX, periodo en el que la poesía latinoamericana buscaba trascender el regionalismo para integrarse en una reflexión universal sobre el tiempo y la ontología del ser.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema se caracteriza por un verso libre de aliento épico, con una métrica irregular que privilegia el ritmo interno sobre la rima. Destacan las siguientes figuras: anáfora ('Atrás queda'), que otorga una estructura de letanía al texto; personificación ('puertas quejándose en el viento', 'selvas hechizadas'), que dota de subjetividad al entorno natural; metáfora ('glorias como antorchas que apagan', 'engendrador de vida'), utilizada para concretar conceptos abstractos como la gloria o el tiempo; y el uso de imágenes sensoriales que contrastan elementos cromáticos (azules, blancos, oro) para reforzar la dualidad entre lo terrenal y lo trascendente.

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