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Razón del extraviado

Para Alastair Reid Vengo del norte, donde forjan el hierro, trabajan las rejas, hacen las cerraduras, los arados, las armas incansables, donde las grandes pieles de oso cubren paredes y lechos, donde la leche espera la señal de los astros, del norte donde toda voz es una orden, donde los trineos se detienen bajo el cielo sin sombra de tormenta. Voy hacia el este, hacia los más tibios cauces de la arcilla y el limo hacia el insomnio vegetal y paciente que alimentan las lluvias sin medida; hacia los esteros voy, hacia el delta donde la luz descansa absorta en las magnolias de la muerte y el calor inaugura vastas regiones donde los frutos se descomponen en una densa siesta mecida por los élitros de insectos incansables. Y, sin embargo, aún me inclinaría por las tiendas de piel, la parca arena, por el frío reptando entre las dunas donde canta el cristal su atónita agonía que arrastra el viento entre túmulos y signos y desvía el rumbo de las caravanas. Vine del norte, el hielo canceló los laberintos donde el acero cumple la señal de su aventura. Hablo del viaje, no de sus etapas. En el este la luna vela sobre el clima que mis llagas solicitan como alivio de un espanto tenaz y sin remedio.