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Quevedo

¡Ah del convento! ¿Nadie me responde? Busco a un hombre que un día llegó aquí sin otra causa, al parecer, que haberle dado nombre a su dolor y no callar por más que con el dedo el peso del silencio le impusieran. Se llama Francisco de Quevedo y suele, por más señas, dar abrazos a sombras fugitivas, socorrerse de ajenas desnudeces e incendiarse el corazón de mucho amor cuando se mira al fondo de sí mismo y no halla cosa en que poner los ojos que no sea recuerdo de la muerte. Decidle, si lo veis, que guardamos su memoria en este parque donde hoy pudiera templar de cuerdas ruiseñores su fatiga dulce y su inquietud preciosa; resbalarse secreto entre las flores; aliviar sus furias y sus penas entre álamos y acacias, entre tilos, arces y magnolios, enebros, tamarindos, sauces y cipreses, pinos centenarios que en agrietadas cortezas testimonian el tiempo que ni mueve ni tropieza, aquella herida que duele y no se siente... Por él, estos troncos ya sin vida que una mano insensible condenó a ser asiento de su propia negación; aquel banco en que un anciano, vencido de sí mismo, pone al sol el alma a media tarde; los juegos de los niños que aún no saben de otros duelos de labores y esperanzas y afirman la vida con sus risas. Por él, la súplica callada de un faisán que no recuerda el límite del bosque; la oscura humildad de los gorriones, que nunca soñaron otro vuelo y se arraciman al borde del asfalto; la irisada vanidad del pavo real condenado de por vida a la belleza. Por él, el agua de un estanque detenida a fin de que el cisne se refleje en curvada ostentación de su figura; el agua en cascada de la fuente que tal vez quisiera ser espuma por no verse a diario repetida; o el agua del río con que fluye la sumisa, callada, inexorable canción de más allá de la ribera. Por él, este busto de piedra y el recuerdo que, insurrecto contra el tiempo y su dureza, al borde de su verso se detiene: «De piedra es hombre duro; de diamante tu corazón, pues muerte tan severa no anega con tus ojos tu semblante. Mas no es de piedra, no, que si lo fuera, de lástima de ver a Dios amante entre las otras piedras se rompiera.». 8 ?Enero- 94

📖Reseña y Análisis Literario

El poema 'Quevedo' de Ángel García Aller es un sentido homenaje elegíaco que trasciende el busto de piedra para rescatar la humanidad atormentada del gran autor del Siglo de Oro. El hablante lírico recorre un parque —espacio de quietud y naturaleza— buscando no al intelectual erudito, sino al hombre que, bajo el peso de un silencio impuesto, supo dar nombre a su propio dolor. El poema equilibra con maestría la angustia existencial de Quevedo, marcada por la presencia constante de la muerte y el desengaño, con la serenidad del entorno natural que lo acoge. La obra sugiere que el espíritu del poeta sigue vivo en los elementos del parque: desde la fragilidad de los gorriones hasta la rigidez de los pinos centenarios, todo parece imbuido de esa melancolía reflexiva tan propia del barroco. El autor evoca un Quevedo que, a pesar de su 'inquietud preciosa', encuentra un remanso de paz entre acacias y sauces, recordándonos que su poesía no solo fue una batalla retórica, sino un acto de supervivencia emocional. El cierre, integrando un fragmento del propio Quevedo, establece un puente temporal entre ambos escritores, sugiriendo que la inmortalidad del vate radica precisamente en esa capacidad de conmovernos ante la inevitable finitud de la vida. Es un texto cargado de sensibilidad, elegancia y un profundo respeto por la herencia literaria.

🏛️Contexto Histórico

El poema fue escrito en enero de 1994, en una época donde la poesía española contemporánea buscaba dialogar con los clásicos desde una óptica más íntima y menos académica. La obra se sitúa probablemente en el contexto de un parque público que alberga una escultura dedicada a Francisco de Quevedo, estableciendo un paralelismo entre la vida del poeta barroco, marcado por la persecución política y el desencanto, y la soledad del hombre moderno.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema destaca por un uso profuso de la personificación (los árboles que 'testimonian el tiempo', la 'irisada vanidad' del pavo real) y el encabalgamiento, que dota al verso de una fluidez reflexiva y pausada. Se emplea la enumeración descriptiva para pintar el escenario natural (álamos, tilos, magnolios, etc.), creando una atmósfera sensorial detallada. En cuanto a la métrica, se opta por el verso libre, que permite una mayor libertad expresiva y un ritmo meditativo. Finalmente, el uso de la cita textual al final del poema actúa como una metagénesis: un recurso intertextual que legitima la presencia del homenajeado y cierra el círculo emocional al contrastar la piedra inerte del busto con la intensidad apasionada de los versos originales de Quevedo.

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