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PLEGARIA EN LOS PÁRAMOS NEGROS

Gracias por la muerte de estos montes y por la de estos pueblos, en los que sólo las piedras se mantienen con vida; gracias por estos negros páramos del invierno en los que la tierra asciende a los cielos y las nubes descienden hasta tocar la tierra; gracias por esta hora de todos los vacíos en la que se intuye un final. De tanta pureza y soledad, de tanta muerte sólo puede brotar una vida más cierta. Gracias por la noche, que a punto está de llegar con la bondad de sus nieves, y por ese perro vagabundo que prueba a calentar con su hocico el estanque helado para extraer un poco de agua; gracias porque no nos hemos cruzado con ningún ser humano para pulsar el dolor, y por la pana remendada de parcelas y prados, que conservan como un tesoro las heridas de los disparos, los tizones de los últimos incendios; gracias por los frutales grises de los mínimos huertos y por las colmenas adormecidas, y por la casa cerrada desde hace muchos años de la que no se conoce su dueño. Y, sin embargo, en este anochecer, yo quisiera ofrecer lo mejor de mi vida a toda esta muerte; yo quisiera cambiar todo el gozo y el oro que hubo en mi vida por la contemplación (desde estos páramos negros) de las montañas últimas. Porque aquí empezó todo para mí, porque cuanto he sido, y soy, y digo, nada sería sin las raíces de las luces frías, sin esos senderos impenetrables que sólo han recibido la visita de los rayos amargos. Por eso, quiero ser esa lastra ferrosa bajo la que duerme la víbora, o la yerba tan fuerte, o su escarcha, que el sol no logró deshacer a lo largo del día. Quisiera arrodillarme como tapia abatida, como pinar abrasado. No deseo ni puedo volver hacia atrás la mirada, desandar el camino (¡tan largo!) recorrido, pues ya sé que, vacío, en la hora en que todo ya parece morir a punto está todo de nacer. La mirada vuela sobre la fosa del valle (sobre la fosa de la vida), hacia la gran mole coronada de silencio, hacia la cima que alberga los misterios. Gracias por este anochecer en el que me he quedado entre las manos con las pobres, escasas semillas de las que habrá de germinar luz perpetua. En el anochecer de los páramos negros estoy solo y profundamente en paz.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Plegaria en los páramos negros', Antonio Colinas eleva un canto elegíaco hacia la desolación y el vacío, transformando el paisaje yermo en un espacio de revelación espiritual. El poema se estructura como una liturgia de agradecimiento dirigida a la muerte, a la ausencia humana y a la decadencia de los pueblos abandonados. Estos elementos, lejos de generar desesperanza, actúan como catalizadores de una purificación existencial. El autor busca despojarse de los artificios de la vida urbana y el éxito mundano para retornar a la esencia de sus orígenes, representados en la crudeza de los páramos leoneses. La soledad, la frialdad y el silencio no son percibidos como carencias, sino como las condiciones necesarias para una introspección radical. El yo lírico experimenta una profunda comunión con la naturaleza inanimada, anhelando fundirse con la piedra y el pinar. Existe una paradoja central que guía toda la composición: el reconocimiento de que la plenitud espiritual solo es posible en el umbral del fin, donde la aparente muerte de la tierra es, en realidad, el sustrato necesario para el nacimiento de una 'luz perpetua'. La paz final que el autor proclama al cerrar el poema subraya la superación de la angustia existencial, alcanzando un estado de trascendencia donde el vacío se convierte en plenitud.

🏛️Contexto Histórico

Antonio Colinas, figura clave de la Generación del 70, escribe gran parte de su obra vinculado a la revalorización de lo rural y la mística del paisaje castellano y leonés. Este poema se enmarca en su constante diálogo con el aislamiento y la memoria, motivado por la despoblación de la España vaciada y su propia necesidad biográfica de retornar a las raíces telúricas tras años de cosmopolitismo literario.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema utiliza un verso libre de ritmo pausado y solemne. Destaca el uso de la anáfora ('gracias por...', 'porque...') que confiere al texto un tono de salmo o plegaria. Entre las metáforas, resalta 'la pana remendada de parcelas' (sinécdoque y metáfora que visualiza el paisaje agrícola como una prenda vieja) y 'fosa de la vida' para el valle. El autor recurre a la antítesis al contraponer 'muerte' con 'nacer', subrayando el ciclo existencial. Asimismo, el personificar elementos como la 'noche' (con bondad) o las 'colmenas adormecidas' dota al paisaje de una carga emocional y humana.

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