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Historia del hombre

1 ¿Y qué decir del hombre, cómo cantar su llanto, su tempestad callada que me ahoga? Ese montón oscuro de temblores que lanza desde el frío su mirada de arbusto dueño fue de un imperio de mañanas, dominador de ventisqueros. Nunca pudo ponerse el sol en su oceanía ni doblegó la lluvia la altivez de su nombre. A su paso las selvas despertaban con un clamor de musgo, rendíanle los montes sus cinturas, desplegaban los ríos su larga mansedumbre, y las gemas ocultas en la entraña alzaban a su frente destellos lejanísimos. ¡Ah, el hombre inmenso, encerrando en sus brazos una constelación de avispas y jilgueros, bronco señor del trueno y de la aurora ensordeciendo el mundo con sus himnos de cíclope! Bastaba un breve gesto de sus dedos para que bronce y pluma se hermanaran, y el volcán derruyera sus presagios, y reclinara el templo sus ojivas, y el corazón se abriera en cárcavas profundas. A su voz poderosa un huracán de sangre deslumbraba los cielos, y el tigre más soberbio besaba entre la hierba sus espuelas, mientras trémulos astros entonaban una coral doméstica de tímidas cantatas. ¡Qué digno frente al mar numerando sus islas en los ocasos rojos, apretando en sus manos las galernas, dormida entre sus dientes la llave que amordaza la libertad del viento y sus espumas!... 2 Pero el hombre tenía vocación de alimaña. Con sus uñas de jade iba cavando un fosco entramado de sombras, pozos interminables, secretas galerías, oquedades remotas donde jamás la luz le descubriera ni florecieran pájaros o espigas. Lentamente la noche fue dejando sus amargas raíces en el pecho del hombre, minando su memoria, recubriendo su lengua de una cansada herrumbre. Aquella hermosa imagen del héroe coronado de luna y madreselvas pulverizó su mármol dispersando su gloria y su ceniza sobre el yermo dominio de la ruina. ¡Ah, su lenta ceguera, su diminuta voz que ya no escucha nadie, sus garras convertidas en manos humildísimas! Cayeron las columnas. Un verdín infamante eclipsó los metales. Los topacios sirvieron de pasto a las cornejas. Tocaron los clarines un larguísimo canto funerario. Y una seda invisible que tejieron arañas implacables fue encadenando al dios en su guarida, robándole sus alas, cercenando su sed, su nostálgica sed de viejos albedríos. Desde aquí lo contemplo en su terrible soledad, indagando la vida con sus ojos de esparto, defendiendo del tiempo sus horas oxidadas, casi perdida huella, polvo apenas. Y un alacrán antiguo se me posa en los párpados, al ver esa intemperie derramada en mis propios espejos.