¡Cuánto girón de cielo prometido
que no puedo creer,
que no logra sitiarme
ni adormecer mi sien
ni incitarme el afán!
No rebusquen más mitos en mis labios.
Soy la furia salvaje de una criatura
abandonada en el monte
sin conocer más padre que el sol que ha requemado mi epidermis
ni más madre que ese lamento gris de tierra
que indefinidamente me derrumba y me levanta.
Una urgencia por Dios toma el vocablo.
¡Lo que nos pasa a veces!
Si cuando niña se me hubiera dicho:
'Ante Dios
afloja la rodilla y baja el rostro',
yo hubiera obedecido.
Pero nadie sopló luces de mitos en mi frente
ni se movió en los nervios de mis actos
(aprendí de mi abuelo a levantar, por mi mano, todas las cosas)
y fui sólo el bárbaro explorador sin ropas
que arañando la piedra se trepaba al risco
para avistar las rutas que indicaba
su brújula de astros y de olores.
Y ahora, cuando alguien me pregunta:
'¿Cuál es tu Dios, tu identidad, y la región que habitas?', digo:
?Mi tierra es la región del embarazo
y yo soy la semilla donde Dios
es el embrión en vísperas.
¡Cuánto pasado para llegar aquí!
Para poder estar de pie junto a las cosas
y decir:
?Mi corazón se espiga frente al mundo
como una inmensa lágrima caliente.
Pasan las madres con sus hijos.
Las parcelas revientan de brotes
y el espacio nutre un retoño
de vibrátiles e inmensas dimensiones.
Ante esto
yo mido la magnitud de mis caderas,
palpo mis carnes, aguzo el oído finamente
y confirmo el hecho:
como ellas yo llevo un fruto en mí.
Pero alguien, no sé quién, salta y me dice:
'Ficticio anunciamiento
en la sorda pulsación de un cuerpo estéril'.
Qué saben ellos
de ese recóndito embrión
urgiendo mi presencia bajo un cielo de ruinas.
Qué saben de ese embarazo antiguo gestando desde siglos
un hijo despatriado que no logra nacer
ni abortar de mi vientre
cuando resbalo y caigo.
Un hijo falsamente robado y bautizado
en el narcotizante vino de un río mitológico
que no acierta a moverse
con la pesada carga que le asignan.
¡Ay del fruto en la entraña
escandalosamente percibido,
voluminosamente titulado,
quebrantando mis huesos al golpe de su peso!
Y antes no eran sus rasgos pronunciados
ni complicado el peso.
Yo recuerdo la niña agilidad
que jugaba con la víscera azul
antes del rapto,
casi en la misma conjunción del lecho:
aquella anunciación difusa y primeriza
de hace siglos,
donde su presencia apenas si brillaba
con párvula intuición de imprecisión y azoro.
Sensible al ruido y diminuto,
sus fugas nos vedaban los contornos
y aún el más sigiloso y descalzo de los pasos
le aguijaba de miedos
precipitándole en una tímida huida de corza repentina.
Pero eso fue ayer. Ayer,
en el tiempo de las primeras brasas.
Hoy todo es distinto.
Sé mi condición de madre
y de Dios su condición de hijo,
de sucesión, rumbo al futuro,
y un desgajado sol de otoños dulces
dilata mi corazón y lo revienta en grito:
¡Mi hijo! ¡Mi hijo!
Con un temblor de voz que supera todas las ternuras.
De blasfemia han tachado mis urgencias.
Dicen que Dios no reirá jamás entre mis labios
ni llorará en la cuenca de mis ojos tristes.
Seré siempre la anónima, la gris, la desterrada
para quien sólo existe por patria
un índice de estragos y de hogueras-
Pero...
Que no me digan nada.
El corazón se exprime en sus lagares
y canta en el ardor de sus heridas,
El mío canta aquí, a la intemperie,
sin fronteras ni códigos caducos,
sin esos cuentos viejos que nos dicen:
'Corrían arcos de luz de arriba abajo
y tatuaban las frentes de distancias'.
Como si el ala oculta no tocara
más arriba del ojo de los vientos.
Yo no puedo alisar fábulas ciegas.
Alguien rompió sus labios pecho adentro
y me enseñó a forjarme desde siempre
una forma de amor recíproca y sencilla.
De aquí que guste la identidad sin límites ni ambages
y use el coloquio fácil y entrañable
con que en el vientre se hablan madre e hijo.
No reparo en lo dicho. Dios es mi inseparable,
mi más íntimo compañero
de juegos y de lágrimas:
el más constante y tierno,
más rebelde y sumiso.
Lo que son las cosas...
Yo sé lo que le espera al canto en que me espigo:
una turba de puños indignados demolerán su forma,
me trizarán a golpes.
Mas yo sabré ubicarme
de nuevo en mi insistencia
sacudida de grillos la cabeza
y destrenzado el pelo hasta las corvas,
porque odio los límites supuestos.
No me conformo con que digan:
'su forma es ésta; vedada otra estructura'.
¡Qué débil consistencia de doctrina!
Recordad que Dios es el espejo
más contradictorio y bifurcado,
acomodado a todas las pupilas.
Yo lo esculpo a mi modo y le doy forma.
¿Cómo pecar con esto?
¿Peca la hembra que proclama al vástago?
¿Peca al decir: se hospeda desde siempre
en la borrasca delirante de mi sangre?
Imposible.
El concebir y el cantar no hay que velarlos.
Hay que danzar con ellos a la luz del día
y a la obsidiana luz de la alta noche.
Yo no puedo evitar mi índole espontánea;
soy una cascada de torsos al desnudo.
Como el niño se da, me doy al viento
desatando mi grito.
Los buenos
me dirán que calle y ceda.
Mas yo que en torno de mi cintura
be puesto un cascabel de mineral rojizo
que a cada paso grita a Dios: ¡Mi hijo!
y establezco mis propios cánones y salmos,
no me dejo llevar
ni me dejo negar
ni escondo la vereda
ni me humillo el rostro
cuando otros le nominan 'Padre', '?Artífice',
ni les digo el origen de mi grito
porque no creerán en la sobrevivencia.
Perece el padre, sobrevive el hijo,
El último es eterno:
llora en el niño antes de hacerlo hombre,
y después y después,
y siempre el hijo despejando el futuro.
dominando horizontes
imperecedero, triunfal,
en la Unidad, en lo Eterno.
¿Por qué ignorar que el mundo
es un cotiledón de fuego
en que Dios va formando su presencia?
Son cosas que no pueden cubrirse.
Miradme aquí cómo al tratar su nombre
danzo en una resurrección
de brasas removidas
y siento sus latidos sonándome en el pecho.
¿Cómo negar al hijo que florece?
No he aprendido a ocultarle
ni a decir que me pesa, aunque me acusen
de agotarme su largo nacimiento.
¿Por qué habría de ser?
Él no me obliga a prescindir de nada.
Su floración es natural y simple
y si bien estos ojos vidriosos se me pierden
tras un vago rumor inaprehensible
y a menudo descanso en el camino
y acaricio su forma por mi vientre.
también puedo agitarme
y retozar a pie descalzo el monle vivo
y hago correr sus pies entre mis piernas
y hundo mis manos en la tierra firme
y bebo el agua corriente de los ríos
y desnudarme al sol.
Y es mejor que mejor,
porque no me gustaría que el que pasara viera
mi cabeza quebrada sobre el pecho,
ni quiero para él un enfermizo rostro
de Dios encajonado
en estancias oscuras y severas.
Quiero que muerda el corazón del mundo,
que sepa del sol,
de los astros, del viento,
de lo grande y lo mínimo.
Quiero en Dios al lujo que creciendo
en plenitud reviente al cerco falso
y destruya las fronteras
y la celda ficticia y demudada
del concepto y la carne.
Lo quiero levantando su imperio al aire libre.
desnudo, limpio, imperturbable y sano,
respirando hondo y fuerte
del aliento rotundo de la tierra.
📖Reseña y Análisis Literario
En 'Las urgencias de un Dios', Enriqueta Ochoa despliega una propuesta poética audaz y subversiva que desafía las estructuras religiosas tradicionales mediante la inversión de los roles divinos. La autora establece una analogía profunda entre la gestación biológica y la espiritualidad, donde ella no se asume como súbdita de una deidad externa, sino como la madre gestante de un Dios que crece en su propio vientre. Este proceso no es pasivo; está marcado por el dolor, la resistencia y la voluntad de forjar una fe propia, despojada de dogmas y mitologías caducas. El poema es un grito de identidad femenina que busca integrar lo sagrado con lo terrenal. La voz lírica rechaza la figura del 'Padre' autoritario para reclamar la maternidad como acto de creación continua y encarnada. Las emociones evocadas transitan entre la rebeldía frente a la censura social, el éxtasis del encuentro íntimo con lo divino y una melancolía vitalista ante la inmensidad del misterio. A través de un lenguaje visceral que celebra la carne, la tierra y el sol, Ochoa logra desmitificar la divinidad para traerla al plano de lo cotidiano, convirtiendo a Dios en un compañero de juegos y penas, una presencia que 'espiga' frente al mundo en un proceso interminable de devenir. El poema trasciende la blasfemia aparente para constituirse como una apología de la libertad absoluta del individuo frente a cualquier imposición doctrinal.
🏛️Contexto Histórico
Enriqueta Ochoa (1928-2008) fue una poeta mexicana cuya obra, marcada por la ruptura de cánones, se sitúa en un contexto de búsqueda de identidad femenina dentro de una sociedad profundamente conservadora y religiosa. Su escritura refleja la influencia de la tierra norteña de México y una introspección mística que se aleja de la ortodoxia católica para proponer un panteísmo vitalista. La motivación de esta obra reside en la reivindicación del cuerpo femenino como espacio sagrado, resistiéndose a las estructuras patriarcales que históricamente han marginado la experiencia espiritual de la mujer.
✍️Figuras Literarias y Métrica
El poema se caracteriza por un verso libre de gran ritmo y aliento, que se asemeja al habla coloquial y al susurro introspectivo. Destacan metáforas potentes como 'mi tierra es la región del embarazo' y la comparación de Dios con un 'embrión en vísperas', que dotan a lo abstracto de una materialidad tangible. Ochoa utiliza el hipérbaton y el encabalgamiento para crear una sensación de urgencia y flujo incesante. El uso del símbolo es fundamental: la 'tierra', el 'sol' y los 'elementos naturales' funcionan como extensiones de su propia anatomía, mientras que términos como 'cascabel de mineral rojizo' sirven para denotar una presencia vital y sonora. Existe una fuerte carga de apóstrofe y retórica interrogativa que interpela directamente al lector, enfatizando su postura de desafío ante las convenciones.