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OCTAVIO PAZ

En el chisporreo del remolino el guerrero japonés pregunta por su silencio, le responden, en el descenso a los infiernos, los huesos orinados con sangre de la furiosa divinidad mexicana. El mazapán con las franjas del presagio se iguala con la placenta de la vaca sagrada. El pabellón de la vacuidad oprime una brisa alta y la convierte en un caracol sangriento. En Río el carnaval tira de la soga y aparecemos en la sala recién iluminada. En la Isla de San Luis la conversación, serpiente que penetra en el costado como la lanza, hace visible las farolas de la ciudad tibetana y llueve, como un árbol, en los oídos. El murciélago trinitario, extraño sosiego en la tau insular, con su bigote lindo humeando. Todo aquí y allí en acecho. Es el ciervo que ve en las respuestas del río a la sierpe, el deslizarse naturaleza con escamas que convocan el ritmo inaugural. Nombrar y hacer el nombre en la ceguera palpatoria. La voz ordenando con la máscara a los reyes de Grecia, la sangre que no se acostumbra a la tenaza nocturnal y vuelve a la primigenia esfera en remolino. El sacerdote, dormido en la terraza, despierta en cada palabra que flecha a la perdiz caída en su espejo de metal. El movimiento de la palabra en el instante del desprendimiento que comienza a desfilar en la cantidad resistente, en la posible ciudad creada para los moradores increados, pero ya respirantes. Las danzas llegaron con sus disfraces al centro del bosque, pero ya el fuego había desarraigado el horizonte. La ciudad dormida evapora su lenguaje, el incendio rodaba como agua por los peldaños de los brazos. La nueva ordenanza indescrifrable levantó la cabeza del náufrago que hablaba. Sólo el incendio espejeaba el tamaño silencioso del naufragio.

📖Reseña y Análisis Literario

Este poema de José Lezama Lima es una compleja inmersión en la ontología poética que caracteriza su estética barroca. A través de una dedicatoria a Octavio Paz, el autor cubano no solo retrata a su interlocutor, sino que construye un espacio metafísico donde dialogan culturas distantes: el Japón ancestral, el México mítico y la Isla de San Luis. La obra explora la tensión entre el nombrar y el ser, donde el lenguaje no solo describe la realidad, sino que la crea. Los temas centrales gravitan en torno a la 'cantidad resistente' y la capacidad de la palabra para ordenar un caos primigenio. La atmósfera es densa, onírica y profundamente ritualista, evocando emociones de extrañamiento ante el misterio del origen y el fin del lenguaje. Lezama utiliza imágenes disruptivas —el caracol sangriento, los huesos, la serpiente— para sugerir que la poesía es un proceso de desprendimiento y recreación constante. La ciudad, elemento recurrente, aparece como una entidad sagrada habitada por seres que, aun siendo increados, respiran a través de la arquitectura verbal del poeta. En última instancia, el poema es una meditación sobre la soledad del creador frente a la inmensidad del cosmos y la capacidad de la voz lírica para conjurar la existencia en medio del naufragio existencial.

🏛️Contexto Histórico

Escrito en la etapa de madurez de Lezama Lima, este poema se inscribe dentro de la tradición del 'neobarroco' hispanoamericano del siglo XX. Refleja la estrecha pero compleja relación intelectual entre las figuras cumbres del pensamiento poético mexicano y cubano. Fue una época marcada por el deseo de consolidar una identidad literaria latinoamericana que, lejos de ser puramente folclórica, se nutriera de la filosofía universal, el misticismo y las vanguardias, buscando fundar una 'era imaginaria' donde las fronteras geográficas fueran abolidas por el lenguaje.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema se caracteriza por un uso intensivo de la imagen visionaria o 'imagen lezamiana', que busca la ruptura de la lógica causal mediante analogías insólitas, como el 'mazapán con las franjas del presagio'. Emplea la enumeración caótica para amalgamar referencias culturales heterogéneas. La metáfora es el vehículo principal, especialmente en la personificación de conceptos abstractos ('la conversación, serpiente que penetra'). En cuanto a la métrica, Lezama prescinde del verso regular en favor del versículo libre, otorgando al poema un ritmo sincopado y envolvente que imita el movimiento circular del 'remolino' mencionado en el texto. Se observa además el uso de símbolos recurrentes, como la serpiente y el fuego, que actúan como arquetipos de transformación y purificación.

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