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El brazo invisible

Te contemplo en mí, poderosa materia, funeral pá,pano, fugaz y vulnerable en tu forma, indestructible en tu discurrir eterno, descubre por una vez esta lúgubre quijada, el tramo sepulcral de mi rostro aquilino. Invita esta noche a Barrabás, al papa negro, no quiero ser el ángel castrado, el hijo del inmigrante en derrota. Recoge el velo de esta aventura:¡acompáñame, pordiosero! Asesiné la alegría; cambié la luna por esta piedra que llevo sobre el pecho. Alguien destruyó mi familia cierta noche. Ignoran que soy un faraón de piedra, un ave patriarcal que limpia el legendario Río. ¿Quién me desgarró el hombro? ¿Quién me mordió la quijada? ¿Quién destrozó la cabeza de mi vástago? Unos cráneos grises me comen la hierba del corazón, la pimienta de unos ojos muertos. Un brazo oscuro, terrible, como el ojo de Tutankamón bajo la fosa, señala el cuero miserable de mi cabellera, el piojo que preside mi sueño invernal, mientras acepto la limosna del asesino, del comerciante en carbón o piedras preciosas. ¡Oh, magos! Si existís en algún lugar, debajo de la tierra, acordáos de mí. ¡Largos brazos, buenas piernas en mis sueños! Que pueda matar con la mirada abierta. Sin que el gigante sentado sobre mi alma, sin que los remordimientos destruyan el acto espiritual. ¡Sin que las lágrimas me partan en dos el caballo negro del pecho!