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Como un cántaro

Desde mi ángulo diurno de cordura, no recordaba cómo, llegué flecha, a disparar del arco. Fue la herida de penetrar la noche, que me llamó a encontrarme. Se miraba mi boca en un roto cristal crecido a espejo. Con voluptuosa, medida muerte lenta, comencé, como un junco, vergonzoso de luz bajo la brisa, a declinar, y hallé hermoso contarme, derramando. Fue el oído subiendo hasta la nota, fue una danza de ninfas sobre el lienzo, fue un murmullo de cuerdas arriesgadas, fue el silencio total, dando en el fondo del lugar de doler, y fue el estruendo de cien locas gargantas, borbotones, presurosos, urgidos borbotones. En el espejo, dos orillas curvadas de verano. Estabas a mis márgenes, con el agua mía riéndose a tus carnes, escasamente, mi nivel no alcanzaba siquiera al cáliz de tu cuerpo, cuerpo. Hubieras, sí, jugado con mi espuma, inclinada tu cabeza triste, y un poco sorprendida. Hubieras tal vez puesto tu paladar a escuchar mi voz de tempestad y azúcar, y a medio claudicar, como quien oye un lejano temblor de cascos vueltos, vacilabas la inminencia, mezcla de miedo que huye y regocijo, que alza en danza de grito hasta las nubes. Yo volcaba, siempre rítmica cuerda, grave, grave, y un sabor y un aroma discordantes, como pájaros nuevos que se esquivan, atreviste tus manos, hasta el borde mojado de mi cántaro. Se miraban mis labios, y eran, viva síntesis flúida, hembra, hembra, y de pronto, solamente agua, y de pronto, ni siquiera. El cristal sobre azogue de palabras, devolvía la presencia, de una boca en sabor desconocido. Desde mi ángulo diurno de cordura, me miraba brillar bajo la lámpara. Después, vuelta de aquella elevación desnuda, me descubrí tirada como un perro, con la lengua volcada a las estrellas y los dientes en polvo, y arañada toda el agua de patas imposibles; ya no estuve. Sólo tu ausencia, fue la verdad real, con gusto a sangre. Quise inclinar de nuevo, y era un ancho arenal seco, sediento, puro sol fatigado de mis brasas, era un cántaro hueco, sin oquedad siquiera, una idea de cántaro olvidada, era un nombre cabal de inexistencia. Y aquí, en la maraña, que quiso dejar a modo de testimonio el viento, estoy; mis dos brazos cubriéndome la cara, así me encuentras.

📖Reseña y Análisis Literario

El poema 'Como un cántaro' de Matilde Alba Swann se erige como una exploración introspectiva y visceral sobre la fragilidad de la identidad ante la experiencia erótica y la pérdida. La autora utiliza el cántaro no solo como símbolo de receptividad femenina, sino como un contenedor que, al vaciarse, desvela su propia inexistencia. La estructura del poema transita desde la 'cordura' diurna hacia un descenso a las profundidades del deseo, donde el encuentro con el 'otro' desestabiliza la psique. Se percibe una tensión constante entre el estallido vital —la voz de 'tempestad y azúcar'— y la posterior desolación, representada por el 'ancho arenal seco'. La emocionalidad del texto oscila entre la voluptuosidad del acto de entrega y la cruda realidad del abandono, culminando en una imagen de vulnerabilidad absoluta donde el yo lírico se reconoce como un vestigio, un 'nombre cabal de inexistencia'. Swann logra capturar la paradoja de la plenitud que se agota: el cántaro, una vez derramado, ya no es más que el recuerdo de su propia forma, transformando la vivencia amorosa en un testamento de ausencia y silencio.

🏛️Contexto Histórico

Matilde Alba Swann (1912-2001) fue una destacada poeta argentina cuya obra se inscribe en la tradición lírica del siglo XX. Su poesía suele transitar la introspección subjetiva y una marcada sensibilidad existencialista. El poema se sitúa en una etapa donde la voz femenina en la literatura hispana comenzó a reclamar una autonomía expresiva, explorando el cuerpo y la pasión con una franqueza que desafiaba las convenciones de la época, vinculándose con el lirismo post-vanguardista que privilegiaba la imagen metafórica sobre la forma métrica rígida.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema se caracteriza por un verso libre que prioriza el ritmo interno sobre la rima. Entre sus recursos, destaca la metáfora central del 'cántaro' como recipiente del ser. Utiliza la sinestesia ('voz de tempestad y azúcar') y la antítesis al contrastar el 'ángulo diurno de cordura' con la 'noche' del deseo. Es notable el uso de la anáfora y la enumeración caótica para representar el 'estruendo' y la intensidad del clímax emocional. La autora emplea el símil ('como un junco', 'como un perro') para reforzar la vulnerabilidad y la deshumanización ante la pérdida. La repetición de palabras ('hembra, hembra', 'grave, grave') actúa como un recurso de énfasis fónico que marca la caída rítmica hacia el silencio final.

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