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Nadie alcanzó jamás esta mañana...

Nadie alcanzó jamás esta mañana sin desgarrarse en ocres despedidas, cada fortuna esconde sus heridas y el silente pavor de una campana. Uno concibe a Dios como velero en cuyas tablas se erigen las ciudades. ¿Navego en paz y son mis soledades esos pájaros que fijan el sendero? Qué poco dura en casa mi alegría, flotando entre el azar y la sequía, agotada ficción donde perduro. La mañana se rinde al mediodía, que desdibuja toda fantasía cuando el reloj traiciona su conjuro.