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Plenitud del tiempo

1 La destrucción del fuego, atroz, y la del tiempo. El bosque que crepita, a sal, torturas largas. La alegría, por supuesto. El tiempo reconstruye la tiniebla. ¿Qué va a ser, si no tiempo, cada nuez en su rama, exacta, fría? Adentro de la hoja, el huracán. Hundida ya en el agua, la tormenta, ese tiempo feroz que la atosiga. Hasta en el vientre de la roca mueren las hormigas, el aroma es de sangre. Sólo un instante fosforece el viento, estalla el corazón sólo un minuto, una ola no más, quizá la dicha: gira la tierra. ¿Recordarán algunos mi sonrisa? El hijo, el mar reconstruyéndose. Un relámpago fluye, arde el maderamen. Sordo de amor, ya desnudez, te acoso. El hijo escucha, sabe que lo busco. El tiempo sana de todas sus heridas. Arde entonces el mar sin consumirse. 2 La destrucción del aire, atroz, y la del tiempo. El hueso que enmohece la duda, la desgracia. La dicha, por supuesto. El tiempo entierra dedos, encuentra su derrota: árboles, ámbar, sólo pulmones de ceniza y fango, sólo bocas de mármol: sube el agua. ¿Qué dejaré de mí, qué de mis dedos? La hija, el aire, rebelión, palabras. Mi sangre te devasta, sufres y llamas desde la otra orilla, una voz de clemencia por el río se escucha, y miro el grito ciego de la niña adentro de tu cuerpo abierto. La construcción, la tierra, la esperanza. El agua brota ya, plagada de respuestas. La casa brilla y su color incendia. El tiempo tiene forma de paloma: el aire la sostiene y la acaricia. 3 La destrucción de tierra, atroz, y la del tiempo. La casa que enmudece, el hielo, la fatiga. El dolor, por supuesto. El tiempo que edifica atmósferas y labios. ¿Qué será tu mirada, si no la casa, la puerta, los batientes, el musgo que adelgaza la claridad del día? Sólo intestinos de rescoldo y canto, sólo unos ojos de color durazno. ¿Quién buscará después mis dedos, quién esta piel del tiempo, destruyéndose? La hija, el fuego: se detiene el aire. Remo ya turbio el mío, entro, en ti germino. El terremoto asciende, claridad, sonríe. La niña, el árbol, sonora luz en lucha contra el viento: el tiempo largo de sus ramas crece. La niña es ya respuesta a mi pregunta. 4 La destrucción del agua, atroz, y la del tiempo. La piedra que encanece, el mito, la esperanza. El amor, por supuesto. El tiempo rasga muertes, por débiles, sonoras. El fósforo metálico, ¿qué ha de ser, si no tiempo? Helada, inmóvil, pasará la tierra, destruirá tu rostro. Sólo una mano de argamasa y llanto, sólo lengua de yeso: repta el fuego. ¿Qué quedará de mí, qué de mis venas? El tiempo, el hijo mismo, construcción, el agua. Resplandece la víctima. Mi amor te aplasta y ya te sangra vida. El hijo clama desde el hondo pozo y un grito en plumas resplandece y queda. La construcción incendia, amor, la de la sangre. El agua se abre, clara de sonrisas. La casa es blanca ya y es pleno el tiempo.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Plenitud del tiempo', Jaime Labastida construye una estructura poética especular y cíclica para abordar la ontología del tiempo y su relación indisoluble con la materia. A través de cuatro secciones que invocan los elementos clásicos (fuego, aire, tierra y agua), el autor articula una meditación sobre la finitud y la trascendencia. La dialéctica entre destrucción y creación constituye el eje motor del poemario; el tiempo no es solo el agente del desgaste, sino la arquitectura necesaria para la vida y el legado familiar. La figura del hijo y la hija se presenta como la encarnación de la continuidad, una respuesta vital a la angustia ante la aniquilación inminente del sujeto lírico. La atmósfera, teñida de una melancolía filosófica, oscila entre la crudeza de lo biológico —el hueso, la sangre, el fango— y la sublimación de la existencia a través del amor y la palabra. Es una poesía que, aunque reconoce el carácter atroz de la erosión temporal, logra una síntesis esperanzadora: la casa, símbolo del hogar y del cuerpo, se incendia de luz, permitiendo que el tiempo, en su 'plenitud', se transforme en una entidad protectora. La obra evoca la fragilidad humana enfrentada a la vastedad de los procesos naturales, resolviéndose en la aceptación de la vida como un acto de construcción permanente frente a la entropía.

🏛️Contexto Histórico

Jaime Labastida, figura central de la cultura mexicana contemporánea, escribió esta obra durante su madurez intelectual. Este poema se inscribe en una corriente lírica que reflexiona sobre la metafísica de la naturaleza, influenciado tanto por el materialismo dialéctico como por una profunda sensibilidad hacia la tradición poética española. La obra refleja la preocupación existencial por el legado y la paternidad, temas recurrentes en su producción de finales del siglo XX.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema destaca por el uso sistemático de la anáfora y el paralelismo estructural, replicando una misma base sintáctica al inicio de cada estrofa para enfatizar el ritmo cíclico. Labastida emplea metáforas sensoriales densas ('pulmones de ceniza', 'bocas de mármol', 'lengua de yeso') que anclan la abstracción del tiempo en lo físico. El uso del encabalgamiento dota al verso de una cadencia disruptiva, que imita el movimiento irregular de los elementos naturales. En cuanto a la métrica, se observa un verso libre de aliento neobarroco, con predominancia de endecasílabos y heptasílabos que fluyen sin rima fija, priorizando la eufonía y la fuerza expresiva de las imágenes sobre la sujeción estricta a la forma clásica.

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