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Empecé a ver casas y casas...

Empecé a ver casas y casas. Y casas que estaban más allá de las casas. Que no se podían ver. Y cosas que sucedían hectáreas más allá, y una flor que nació en los lejanos jardines de la abuela, le sentí el barullo, la corona de chispas. Salí a la calle, pero, todo fue inútil. En los árboles, tras de las negras hojas, veía otras hojas, y más hojas, y hasta un bicho chiquitito, le conté las alas. Y había canastillas, de rosas, por todas partes, los pimpollos iban de la nieve al rojo, padecí su olor a sándalo. Pasó una nave, cerrada, y vi el marino; naufragó años más allá, entre las ramas y supe, enseguira, el nombre de los navegantes. Los hombres se llamaban Pablo, las mujeres Amelia. Dije 'Nada más'. Bajé los párpados. 'Quiero volver'. Y busqué, a tientas, entre todo aquello. Caminé un poco. Quería encontrar mi casa. Quería encontrar la sombra. Y sólo vi un ropero de oro, y una sucesión de candelabros. El rocío ponía por todos lados sus espejos, su blanca estrella, las arañas sacaban de sí, hilos larguísimos, e increiblemente, hacían nudos en los que caían gemas; se levantaban espárragos, nardos y claveles, sobre los que, también, había trocitos de vidrio, luz de estrella. Salí a buscar mi desayuno. Carpí por ahí. Aré con un buey muy pequeño, que parecía de juguete, de papel, pero, era muy fuerte y vivo. Eché semillas; rapidamente surgió la planta verde, la baya roja; en una rama había leche, en una rama había fuego. Comí de prisa, porque el sol, al subir, acababa esos resplandores. Volví a casa, y entre antigos cartones esperé, otra vez, la sombra, y otro amanecer.

📖Reseña y Análisis Literario

El poema de Marosa di Giorgio se inscribe en una estética de lo fantástico cotidiano, donde la realidad se fractura para revelar una dimensión onírica y transfigurada. La voz lírica emprende un viaje de introspección y búsqueda, pero no hacia un destino geográfico, sino hacia una esencialidad inalcanzable. El poema explora la disolución de las fronteras entre lo doméstico y lo cósmico, donde la visión de la poeta se vuelve hiperestésica, percibiendo capas de realidad superpuestas, como esas 'casas más allá de las casas'. La nostalgia por la infancia y el hogar funciona como un eje motor, pero el hogar aquí se convierte en un laberinto de símbolos (el ropero de oro, los candelabros, el buey de juguete) que oscilan entre lo infantil y lo mítico. La emoción predominante es una suerte de perplejidad lúcida, un extrañamiento ante el mundo que, lejos de angustiar, es aceptado con una resignada maravilla. El acto de 'carpir' y 'arar' con un buey de papel representa la voluntad de la poeta por asir la vida en su dimensión más frágil y, a la vez, más potente, donde la leche y el fuego coexisten como símbolos de nutrición y destrucción creativa. En última instancia, la obra es una meditación sobre la finitud y la memoria, donde el sujeto lírico aguarda, entre cartones, el eterno retorno de la luz y la sombra.

🏛️Contexto Histórico

Marosa di Giorgio (1932-2004), poeta uruguaya, es una de las voces más singulares de la lírica latinoamericana del siglo XX. Su obra se desvincula de las corrientes sociales o políticas predominantes de su época, optando por una introspección surrealista y neogótica vinculada a su Salto natal. La motivación de sus textos suele ser el rescate de la experiencia mística, la naturaleza y la memoria familiar, elevando lo rural y lo doméstico a una categoría de mito universal fuera del tiempo cronológico.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema utiliza versículo libre, priorizando el ritmo interno sobre la medida silábica. Destaca la 'enumeración caótica' al listar elementos de la naturaleza y objetos cotidianos. Se observa una profusión de metáforas visuales, como la 'corona de chispas' para referirse a la flor, y sinestesias que mezclan el sentido del olfato y el tacto. El uso de la elipsis y la hipérbole ('hectáreas más allá') acentúa el sentido de inmensidad. La repetición anafórica de 'quería' subraya la frustración del deseo. Finalmente, el símbolo se vuelve fundamental: el ropero de oro representa el enigma del inconsciente, mientras que el buey de juguete es una metáfora de la capacidad del arte para dotar de vida a la materia inerte.

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