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Bodas con la luz

Un día temprano, súbitamente florecí con la luz ese día la luz nació y se hizo carne, se hizo voz, se hizo huella y amaneció noctámbula dormida entre mis brazos como abeja sin madre. Más tarde me desperté con ella y descubrí en mi abrazo sus terribles abismos: fui su esposo, su esclavo, su mutilado mártir, y en los naufragios reinaba como la voz del miedo y la sombra acudía a su encuentro, con la cruz invertida de los vastos naufragios y las esquirlas que la noche puso en su casto cuerpo de doncella indomable. Fue la luz primigenia del día primero de gracia donado al desterrado príncipe sin corona ni mirtos, -el rapsoda voraz que canta ahora los crepúsculos y el reino no conquistado de la luz vulnerada, - destrozado por los litigios del día y de la noche-, azotado por las llagas de la melancolía y de la cuadratura del sol del mediodía, que escande, llaga, y exilia a sal y amarga hiel de la melancolía, y el abismo de aquella luz tornándose toda ocre. Así, me perdí tristemente en el abismo de la razón, en las blancas salinas y los desiertos paramos del que no tiene patria, ni boca para nombrar cenizas de palabras, señales de muertes innombrables de aquella virgen del Estío primero, entre palmas y abras solitarias, donde se filtran los fragmentos, entre huellas de sangre y presagios- aún presagios-, de mensajes de abriles que recuerdan el día en que llamé a la luz, -encanallada ahora, harapienta, arrepentida de sus delirios y los míos-, buscando el nombre único, el exacto compás y la tibieza exacta de una larga promesa. Pobre niña, pobre patria expatriada, pobre deseo inerme entre cruces y llagas-, cuando ya nadie busca ser Dios, acariciado por el viento del Éter más azul y más claro: luego se aleja pensativa, dócil quizá, entregada al escarnio de los días que pasan, y marchitadas flores por corona-, alrededor de túmulos se arrodilla ligera, para en silencio buscar al vástago del día en que llamé a su puerta y vino a mi sin preguntar por qué. Poema inédito proporcionado por el autor