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Cuando yo estuve aquí

Yo estuve aquí: esta fue mi alma, mi altura, mi verdad, el vendaval, la tempestad en la que zozobraron mis ansias, ¡ay! y el tumulto, las volcánicas lavas que arrasaron todo lo vivo: el oro que sepultó tras sí todo lo índigo, las ardorosas manos y los cielos caídos como píos de la rama más alta, yo Calibos, yo Ariel, yo el Mago, también estuve aquí, pero fue el otro, el otro, que despertaba minuto tras minuto tras de las marejadas que las auroras dejan tras de sí. Yo el otro de mismo, el que ahora se vuelve sobre sí, -paso de danza que no alcanza el presente, ni la sonrisa del querube-, pasado que retorna o círculo vicioso que la visión perturba y torna todo púrpura, la pasión ya agotada, pero viva en la muerte. Ah niño mío, señor de los vientos del espíritu y el aire que aún usurpas el no lugar -el no a lugar-, de un pasado sometido al olvido y sin embargo, pura visión angélica tras mis pasos que vuelven, como la aparición o el sueño de encarnados espectros -y dibuja, en mis cansados labios, en el alma del alma, la sonrisa olvidada entre cipreses y aguas más cálidas y turbulentas que la muerte. ¿Seré hoy un espectro? ¿Será el adviento que un pasado sin torna, prometido en los sueños?. Di tú, pequeño astro que turbas el ansia que aún impulsan los signos que me traes y el idioma del muerto.