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Este sabor de lágrimas (29)

Alguna vez, de pronto, me despierto: Un dolor me recorre tenazmente, un dolor que está siempre, agazapado, por saltar, desde adentro. Entonces tengo miedo. Entonces, me doy cuenta que estoy sola frente a mí, frente a Dios, frente a un espejo lleno de mis imágenes, de rostros polvorientos. Estoy sola, pero siempre estoy sola: Es lo único cierto. El amor era un huésped, la soledad es siempre el compañero que permanece al lado, inconmovible. Lo único seguro, verdadero. Oigo mi corazón, vieja campana que dobla y que golpea, que rebota en las sienes y en la nuca y en la boca y los dedos. Es cierto, tengo miedo. Miedo de no poder gritar, de pronto, de que ya sea demasiado tarde para un ruego. La costumbre ahoga las palabras y alarga el desencuentro. Ah, tantas cosas quedarán ocultas, perdidas, sin recuerdo, tantas palabras que no fueron dichas, tantos gestos. Unos dirán: Yo sé, la he conocido, fue una ardiente rebelde, se desolló las manos y la vida por defender los que creyó más débiles. Otros dirán: Yo sé, la he conocido, era dura, malévola, avara de ternura, con la boca mostraba su desprecio. Alguien dirá: Y cómo sonreía... Qué importa lo que vendrá después del gran silencio. Claro que tengo miedo. Así, en la madrugada mientras algún dolor -un dolor, siempre- va hincando sus agujas en mi cuerpo, abro las manos en la sombra dulce para atrapar mi soledad, de nuevo, y me quedo a su lado, sin moverme, con los ojos abiertos la vida detenida. Toda mi sangre es un temor inmenso.

📖Reseña y Análisis Literario

En 'Este sabor de lágrimas (29)', Julia Prilutzky construye un monólogo lírico de una intensidad existencial sobrecogedora. El poema explora la soledad como una condición ontológica ineludible, diferenciándola del amor, al que la autora etiqueta como un 'huésped' efímero frente a la permanencia de la soledad. El despertar nocturno se convierte en el escenario donde se despojan las máscaras sociales; la voz poética se enfrenta a su propia finitud y al silencio inminente. El miedo, articulado como un dolor físico y recurrente, funciona como hilo conductor que atraviesa tanto la conciencia del yo frente al espejo como la incertidumbre ante el juicio póstumo de los demás. La autora reflexiona sobre la incomunicación y la incapacidad de expresar plenamente la subjetividad, sugiriendo que la verdadera esencia del individuo se pierde en las interpretaciones fragmentadas de terceros. Es un poema sobre la renuncia y la aceptación, donde la angustia existencial culmina en una imagen de quietud estática, en la que el sujeto se rinde ante su destino, reconociendo que, en última instancia, la vida se convierte en un cuerpo que contiene, más que sangre, un temor inmenso y una soledad absoluta.

🏛️Contexto Histórico

Julia Prilutzky (1912-1996) fue una destacada poeta argentina de origen ucraniano. Su obra se enmarca dentro de una tradición lírica de mediados del siglo XX que prioriza la intimidad, la introspección y la autenticidad emocional. Este poema refleja la sensibilidad propia de una época donde la poesía femenina exploraba la subjetividad enfrentada a las estructuras sociales, buscando una voz propia frente al nihilismo y las crisis existenciales que marcaron la intelectualidad de la posguerra en el Cono Sur.

✍️Figuras Literarias y Métrica

El poema emplea una estructura de versos libres con una métrica irregular que acentúa la sensación de desasosiego. Destaca la personificación de la soledad como un 'compañero inconmovible' y del dolor como una entidad que 'hincha agujas'. Se utiliza una metáfora central potente al comparar el corazón con una 'vieja campana' que marca el ritmo agónico de la vida. Asimismo, la anáfora ('Entonces', 'Otros dirán') refuerza la estructura cíclica de la reflexión. La hipérbole 'toda mi sangre es un temor inmenso' cierra el poema con un potente efecto de condensación emocional.

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