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Vuelta a la Tstatieva

Me cuenta un biógrafo que a través de un resabio de cristal Pudo visitar Rusia y tertuliar un rato Con Marina Tstatieva. Ella lo recibió con su rostro de hambre Y el vestido raído y con el vaso de agua desbordado por la vendimia de los años Y le brindó rodajas de salmón desesperadamente Después de haber tomado El vaho del día y las temibles noticias, de deudas Muertes y encarcelamientos de vecinos y seres queridos. El salmón ?eso me cuenta- fue un regalo de Pasternak Desde muy lejos, desde su cabaña donde podía ver el sol Y el hielo que copulaba entre el aire y las cordilleras De un marasmo, casi mortal, y donde los días solían ser espléndidos Antes de la guerra y de las persecuciones Y donde ella afirmaba que si hubiese conocido a Blok ella lo hubiese salvado De la muerte, de ese miserable designio que arranca De la fertilidad o la esterilidad a los poetas Y que afiebrada prosiguió a leerle algunos versos Oh MUSA DEL LLANTO, las más bellas de las musas Y de ahí en adelante todo fue blanco y todo fue borrasca, Un aguijón de estrellas para beber el café mugriento Los panes quemados, las raciones lamentables para la apetencia Y siguió leyendo hasta tomar un poco la costura Dejada al descuido sobre el tiempo Y afuera los caballos galopaban tratando de rumiar la libertad del horizonte Las esquirlas intocables de las praderas afiebradas El bastón de ébano que tendían los magos a la tertulia insaciable Como un acertijo de bastos para la ausencia de los tropos Que nos hacían caer verticalmente por un río De espesa niebla, eso lo pintaron después algunos caricaturistas Con sus tintas esclavas, aumentándole luego un par de historias De romance o de preguntas que nos tocan el labio o el pececito de la espalda. Hasta en las cenizas, nos sublevaríamos en rosa o en poema. Y el biógrafo (que no conozco) y ella Empezaron a atravesar la vasta noche Que era como un solsticio O como un páramo Donde habitaban las especies desterradas De ese imperio anterior, a lo que sucumbe Y no da paso a la vida, tan movida para los que intentan Cruzar la alambrada de la imposibilidad; Ella, paloma de tierra, atadas las alas, cacofónicamente Solía ir hacia las praderas y dejar poemas de protesta En las ventanas, en los ofertorios del triunfo En la ceniza, La agilidad mental de su cuerpo Que se balanceaba por las calles Y eso era como ser miembro de la joven guardia Cuando los himnos de la guerra Eran audibles en todas las esquinas Y la nieve era más mortal Como el invierno en las entrañas -Carcomiendo- Todo recuerdo hermoso Para volver cadáver A las primaveras recolectadas en el cesto Donde seguro nacerá un poema, Una rama vertical de oro sobre el asombro.